De Arón Gilbert. Una publicación de Ediciones del Ermitaño.
Judíos
Hoy en día, este término se usa como sinónimo de hebreos e israelitas; sin embargo, tanto en el plano histórico como en el étnico, estas palabras tienen distinto significado.
En cuanto término histórico general, la palabra hebreo no posee una connotación racial, por lo que se le aplica a cualquiera de las tribus nómadas semitas que vivieron en el Mediterráneo oriental antes del 1300 a.C. En la historia judía, este término se ha aplicado de una forma concreta a aquellas tribus que aceptaban a Yahvé como su único Dios, desde su origen, hasta que conquistaron la antigua Palestina, llamada Canaán, y en el 1020 a.C., se transformaron en una nación unida, regida por un rey.
El término israelita hace mención a un grupo nacional y étnico específico, descendiente de los hebreos y unidos por lazos culturales a través de su religión. Para los historiadores, este término se refiere a esta comunidad, desde la conquista de Canaán, hasta que el rey asirio Sargón III destruyó el reino de Israel en el 721 a.C. (el reinado de Sargón se prolongó entre el 722 y el 705 a.C.).
El término judío se refiere a un tercer grupo, por su identidad cultural descendiente de los dos anteriores, desde los tiempos de su retorno de la cautividad de Babilonia, hasta el día de hoy. La palabra proviene del término hebreo yehudí, que en un comienzo significaba ser un miembro de la tribu hebrea de Judá; más tarde pasó a ser Judea, nombre que se aplicaba al estado judío, y por extensión se aplicó a todo habitante de Judea.
Los judíos modernos, más que formar una raza, son miembros de una comunidad o asociación étnica independiente. Una comunidad que, a pesar de haber tenido que enfrentarse a terribles e incesantes persecuciones, ha logrado mantener su identidad durante casi diecinueve siglos: desde la disolución final de la provincia romana de Judea en el 135 d.C., hasta el establecimiento del moderno estado de Israel en 1948.
En 1970, el Knesset israelí (es decir, la asamblea legislativa compuesta por 120 diputados que representan la democracia parlamentaria a los distintos partidos del Estado de Israel) adoptó una legislación en la que un judío se definía como el nacido de madre judía o convertida al judaísmo. La impresionante tenacidad de los judíos al defender su identidad, es fruto, en primer término, de la estricta fidelidad al judaísmo; la historia de los judíos está unida en forma inseparable a su religión. Ésta dirige cada uno de los aspectos de la vida judía, resulta indispensable en la educación de los más jóvenes, e incluye, dentro de sus doctrinas tradicionales, la fe y la esperanza para la fundación de un reino mesiánico. A pesar de que durante el siglo XIX hubo movimientos reformistas que comenzaron a afectar al judaísmo tradicional, todas las comunidades se mantuvieron unidas, demostrando la fidelidad con la que las generaciones anteriores se habían guiado por las leyes del judaísmo. Junto a esa fidelidad religiosa, es de destacar como característica su devoción por el aprendizaje y por la enseñanza, actos considerados como parte de su adoración a Dios.
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