ITZU WEISS: SUPERVIVIENTE DEL FUEGO (HOMENAJE PÓSTUMO)
Pé de J. Pauner.
Lo dijo Dwight Eisenhower, comandante supremo de las tropas aliadas y responsable del Desembarco en Normandía (el Día D), en 1944, ante los cadáveres de las víctimas del Holocausto: "Algún día llegará algún idiota que diga que esto nunca sucedió, por eso fotografíen todo lo que puedan."
Estamos viviendo esos momentos de revisionismo histórico en los cuales se niegan las atrocidades acontecidas en los campos del Tercer Reich y los sacrificios en la España de Franco y, lo peor de todo, quienes niegan esta zona oscura del hombre son aquellos que predican pertenecer al cristianismo.
Conocí a Itzu Weiss el 28 de febrero de 2004 en el Museo de la Ciudad de México, durante el 9º. Encuentro Nacional de Solidaridad con Cuba, al cual fui invitado por mi hermana Alba Ruth, una de las organizadoras. Mi hermano José y yo le acompañábamos por la calle, en busca del automóvil, cuando me hizo recordar a alguien de los muchos que estuvo presentándome a lo largo de esas jornadas tan intensas, abrumadoras, como furiosas (música de mariachi, testimonios, lonas que desplegaban un sentimiento anti Bush…).
-Quiero decirte que esa señora es una superviviente del Holocausto.
Me le quedé mirando, tratando de recordar a quién se refería, a la vez que asombrado. Hice memoria y di con un rostro redondo, ajado, cabello blanco, una mujer con ojos bondadosos, una anciana regordeta y amable.
Le pedí a mi hermana que se pusiera en contacto con ella para ver si era posible que me concediera una entrevista para la revista de circulación estatal (Veracruz) para la cual escribía en aquel tiempo.
Al día siguiente, casi de inmediato que se iniciaron las jornadas se acercó. Me dijo que Alba le había comentado que me interesaba platicar con ella. Torpemente inicié una entrevista. La más atroz que he hecho, por lo que hablamos en medio de una atmosfera alucinada de ruido, música, voces, cubanos, gritos de consignas anti imperialistas y olores terrosos que me recordaron sangre y humo.
-Sé que usted tiene muchas cosas que contar…
Itzu bajó la vista. No necesité decir nada más.
-Es que… es muy doloroso…
Décadas después de haber sobrevivido el peso en el alma era tal que le impedía hablar.
-El testimonio está escrito en un libro titulado: Las Voces de la Verdad… - se apresuró a decir.
Entonces miré su brazo. El tatuaje. El número borrado por la acción del tiempo y las memorias en su piel.
-¡Tiene usted el número! –me asombré. ¿Qué otra cosa podía esperar de una persona que había estado en un campo de concentración? Sin embrago, eso fue lo que dije.
-Sí –dijo, muy serena, enseñándome el antebrazo izquierdo-, es el número A0011442. La letra es la inicial del campo. De Auschwitz…
En ese momento casi se me quebró la voz. Y sólo atiné a balbucear el nombre de la infamia.
Y ella comenzó y yo recreo lo que esa tarde de calor seco pronunció:
Nací en Transilvania, en la frontera con Hungría. Éramos niñas. Mi hermana y yo. Entraron derribando las puertas de la casa. Mamá planchaba. Nos sacaron a todas. Mamá no entendía alemán y le explicó al oficial que necesitaba terminar de planchar la camisa porque papá tenía que ir a trabajar al día siguiente. Yo sabía que eso no era posible y se lo dije a ella. (…) Caminábamos doscientas con el brazo izquierdo levantado y la axila descubierta porque de esta manera al médico le era más fácil descubrir si alguna padecía alguna enfermedad pulmonar. Había un oficial ahí que silbaba El Danubio Azul. Jamás he podido olvidarlo. Ese día escogieron a 4 mujeres que encaminaron a la cámara de gas. (…) Jamás quise tener hijos. El mundo es demasiado horrendo para ello.
Mi hermana recibió una llamada al móvil cuando ya íbamos en el auto por una senda que, recuerdo, sombreaba ambas partes del camino. Era Itzu que me ofrecía amablemente visitarla en su casa porque había estado poco amable conmigo en la entrevista (es decir, que ella había estado triste y cansada al recordar).
Alba Ruth me dijo, hace unos años, que recibió una vez una llamada de Itzu dónde le hablaba que había llegado el tiempo en el que a ella la vejez y la memoria le abrumaban, “hasta el agua se me quema ya, Alba”, dijo, aludiendo a la torpeza de su memoria y sus acciones cansadas.
Jamás volví a ver a Itzu. El material que había escrito se perdió en alguna de mis computadoras o discos. Y ella murió poco después. Una de sus últimas apariciones públicas fue en un noticiero de Televisa, dónde una conductora llamada Adela Micha le entrevistó. Está sepultada en el cementerio judío de la ciudad de México, ciudad que adoptó, junto con su hermana pequeña, como su propia ciudad (aquella oculta entre los bosques de los Cárpatos), misma que les recibió con los brazos abiertos tras su paso atormentado por el mundo…
Transcribo este poema del libro Cuaderno de Budapest de Javier Contreras, editado por la UNAM, dedicado a Itzu Weiss. Un homenaje que hago a su memoria abrumada.
ELOGIO DEL ABRAZO
Para Itzu Weiss
Vine a sentir tu miedo Itzu,
A compartir la sorpresa de saberse sobajado
Por la enana mirada peleonera
De algunos inocentes hombres blancos,
Ebrios de sí, a sí mismos catándose,
Tras la lupa de aumento del racismo,
Ese narcótico de imbéciles, adoloridos y menguados.
Vine con mis guedejas y mis barbas,
Algunas mudas, las uñas y las botas,
Los ojos miopes y una cara oriental,
Sefardita, aindiada y azorada.
Vine a llorar contigo Itzu,
A colocar la mezuzah en el quicio
Para donar tu cortesía de ángel
Y lograr la transparencia en los abrazos,
Hermana de la angustia y la alegría,
Hermana
Hermana
Hermana…
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