¿Cómo darle sentido al testimonio del crimen vivido y presenciado por Shie Gilbert? Quienes no son antisemitas a menudo expresan asombrados que el antisemitismo “no tiene sentido”, “es irracional”, etc. De allí la siguiente interpretación del Holocausto: “la destrucción de los judíos europeos no respondía a ningún motivo racional, ni por política ni por saqueo, ni por estrategia militar ni por la urgencia ciega del momento. Esto fue genocidio nada más por genocidio”.*
Realmente es increíble que esta opinión sea tan común: un continente entero se movilizó para exterminar a un pueblo ¿nada más… porque sí? Esta interpretación nos deja indefensos ante la posibilidad del siguiente genocidio antijudío, porque lo que no tiene explicación no puede prevenirse. Solamente produciendo un modelo científico
de lo que causa las grandes matanzas de judíos —que vienen sucediendo en Occidente durante más de 2 000 años— podemos actuar en el presente para producir un futuro distinto. Es difícil, sin embargo, volcarse científico sobre el tema.
Y no puede negarse que quienes interpretan el antisemitismo y las matanzas de judíos como irracionales tienen harto material para defenderse. Las acusaciones de los nazis contra los judíos de que supuestamente representaban un peligro para la “civilización cristiana” porque tenían un tremendo y malévolo poder clandestino, controlando tras bambalinas todos los gobiernos occidentales, el sistema financiero, los medios de información, etc., para hacernos daño, eran falsas, como lo demostró la gran facilidad con
la que fueron asesinados. Los judíos no controlaban nada.
Y la gente común y corriente que participó en la histeria antijudía, dejándose llevar por las absurdas acusaciones contra los judíos, no eran, precisamente, ejemplos de cordura. Cabe añadir, por encima de esto, que tanto las acusaciones nazis como la respuesta crédula de la gente repetían un patrón milenario en el Occidente. Por dar tan sólo un ejemplo: hubo también exterminios de judíos durante el siglo 14 en Europa, cuando los judíos fueron acusados de conspirar internacionalmente y, en secreto, haber envenenado todos los pozos, “explicando” así que millones de personas estuvieran cayendo muertas a diestra y siniestra en la espantosa Peste Negra. No fueron menos absurdas aquellas acusaciones que las de los nazis, y aquellos europeos, matando judíos en una histeria de “defensa propia”, no fueron más cuerdos que sus descendientes en el siglo 20. El argumento de que las matanzas de judíos son producidas por epidemias de locura obviamente tiene sustancia.
Pero la moneda tiene dos caras. La gente común no produce información sino que la consume, y por lo tanto es fácilmente desinformada. ¿Será sensato dirigir el mismo análisis hacia quienes caen presa de la propaganda antisemita y hacia quienes la producen? No puede acusarse al gobierno ruso zarista, por ejemplo, de haber creído realmente las acusaciones contra los judíos que después se convirtieron en la columna vertebral de la propaganda nazi, porque el texto que contenía estas acusaciones —Los Protocolos de los Sabios de Sión— había sido un fraude de la policía secreta rusa, la Ojrana, para movilizar matanzas contra judíos (pogromos) en un esfuerzo por distraer el descontento de los oprimidos trabajadores rusos. La aristocracia rusa sabía lo que hacía.
Si bien los nazis se merecen haber sido censurados por su responsabilidad en el Holocausto, no debemos olvidar que recibieron muchísima ayuda de las clases gobernantes en todo Occidente, pues estas élites cooperaron de una y mil maneras con la gran matanza de judíos del siglo 20. Aquellas élites que en público declaraban su ideología fascista simplemente se aliaron abiertamente con los nazis, apoyando la persecución judía de forma oficial. Y aquellas clases gobernantes que se ostentaban enemigos de los nazis, y que en público denunciaban sus crímenes, le negaron asilo a los judíos, permitieron que Adolfo Hitler tomara el continente prácticamente sin desenvainar la espada y se rehusaron a bombardear los campos de muerte o incluso las vías de tren que los alimentaban de cargamento humano. Sabían lo que hacían.
La pregunta es ¿por qué? ¿Qué hay en el pueblo judío que tanto amenaza a las clases gobernantes de Occidente?
El pueblo judío es el custodio de la Ley de Moisés, nacida, según la tradición, en una revolución de esclavos contra un rey egipcio opresivo. Sin coincidencia: la Ley de Moisés —y no se trata nada mas de los “Diez Mandamientos” sino de toda la Tora (Génesis, Éxodo, Levítico, Números, y Deuteronomio), y luego su elaboración rabínica en el Talmud— está diseñada con mucho cuidado para proteger y defender a las clases trabajadoras de las represiones de las aristocracias. Esta es la fuente eterna de las ideas en pro de la libertad, la igualdad, la compasión y la justicia en Occidente. Es el origen de nuestra ética.
El gobierno zarista ruso que había conquistado Europa Oriental, donde vivía la gran mayoría de judíos europeos, no permitía que entraran a Rusia, pues no quería que sus oprimidos trabajadores descubrieran la ley de los esclavos liberados. Y cuando no estaba matando judíos, el gobierno zarista los trataba de convertir por la fuerza al cristianismo o de alguna manera separarlos del Talmud. Lo mismo puede decirse de las aristocracias europeas aliadas con el imperio eclesiástico medieval, pues organizaban quemazones del Talmud cuando no estaban expulsando, convirtiendo por la fuerza, o asesinando a los judíos. Y ahí están también las aristocracias greco-romanas de la antigüedad, las cuales oprimían a los trabajadores mediterráneos de la forma más inhumana que se haya visto jamás en la historia, y que movilizaron grandes matanzas de judíos, quejándose en voz alta de la popularidad de la Ley de Moisés entre sus trabajadores y esclavos.
El ataque nazi admite el mismo análisis. Los nazis reesclavizaron a los trabajadores alemanes y, coludidos con las clases gobernantes de Occidente, dieron un golpe de extrema derecha pancontinental. Esto sucedió precisamente cuando las clases gobernantes de Occidente se preocupaban del creciente poder del sindicalismo y de los partidos laborales que en aquel entonces exigían la transformación de las sociedades occidentales, navegando sobre la estela de los movimientos de liberación que se habían producido en la Revolución Francesa, una consecuencia de la Ilustración Europea. La Ilustración misma, y no debe sorprendernos, se inspiró en el pensamiento de un judío experto en el Talmud: Baruch Spinoza.
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