Alejandro Zenker

Así comienza la historia… (fragmentos del libro "El último sobreviviente")

Ciechanow, Polonia, 1920
Me llamo Szyja Gilbert Pianko y nací el 9 de agosto de 1920, en el pueblo de Ciechanow, ubicado 90 kilómetros al norte de Varsovia, la capital polaca. Soy el quinto de seis hermanos, tres hombres y tres mujeres. Nacimos y fuimos criados como judíos y soy un firme creyente de los preceptos de mi religión y de la historia de mis antepasados hasta el día de hoy. De los 70 miembros de mi familia nacida en Polonia que aún vivían en mi país cuando empezó la segunda Guerra Mundial, soy el único que queda con vida. Sesenta y cinco de ellos fueron masacrados durante el Holocausto. Tengo 86 años y creo que es momento de sentarme a escribir mis memorias para que futuras generaciones sepan lo que el odio de un solo hombre pudo hacer contra la humanidad.
Ésta es mi historia.
Ciechanow es el nombre del shtetl o pueblito donde vi la luz por vez primera, y es tan antiguo como la misma Polonia y como los primeros judíos que se asentaron en
la región a principios del año 1000. Esta información se con-firma en un documento encontrado en los archivos de la nación polaca, fechado en 1065, en el que los padres bene-dictinos que dominaban la región, protegidos del rey Bolesov Shmiali, extienden un recibo al yishuv judío (comunidad) por el pago de impuestos. Desde entonces —y hasta la
segunda Guerra Mundial—, tanto Polonia como país y Ciechanow como ciudad han sido atacadas, conquistadas, divididas y desaparecidas en reiteradas ocasiones por conflictos internos, regionales, nacionales e internacionales
para, después de cada destrucción, volver a renacer como el ave fénix, listas para solucionar su siguiente conflicto bélico. Prácticamente, en cada una de las confrontaciones la comunidad judía fue golpeada, perseguida y masacrada sin otro motivo que el de sus creencias religiosas.
Polonia está en el centro de las naciones más belicistas de la historia. Al sur, nuestros vecinos son la República Checa, Austria y Eslovaquia; al este se ubican Ucrania, Bielorrusia y Lituania, mientras que al norte está la gran Rusia, y al oeste, ni más ni menos que Alemania. Al norte el mar Báltico nos sitúa muy cerca de Dinamarca y Noruega, la región de los guerreros vikingos.
Cada uno de estos países milenarios ha estado involucrado en gran cantidad de conflictos bélicos que, sin importar la causa, repercuten no sólo en la guerra que estén librando, sino en la armonía de toda la región. Polonia siempre parecía estar en el centro de la acción, asumiendo las consecuencias de los conflictos sin ser responsable de ellos, y esto básicamente porque, a diferencia de la mayoría de sus vecinos, se caracterizaba por la cantidad de señores feudales que la poblaban y porque el rey no ejercía poder importante sobre sus dominios. Esto se traducía en una falta de unión total de los poblados polacos y en su preferencia por servir a reyes extranjeros más poderosos a cambio de ciertas concesiones y no en el desarrollo un gran sentimiento patriótico alrededor de reyes títeres y a costa de perder su poder y sus tierras.
El capítulo dos de El último sobreviviente
empieza de la siguiente manera:
La historia de Adolfo Hitler y su ascenso al poder está directamente ligada a mi vida y a la de mis correligionarios. En octubre de 1918, tan sólo un mes antes de la conclusión de la primera Guerra Mundial, el soldado Hitler es herido y gaseado en el frente oriental el 13 de agosto de 1920, cuatro días después de mi nacimiento.
Hitler, excelso orador, cautiva a una audiencia de bebedores de cerveza con una arenga que dura dos horas con el tema “Por qué estamos contra los judíos”, en la que promete a los escuchas que su partido político, y sólo el suyo, el partido Nazi, “nos liberará del poder judío”, y propone un eslogan que una a toda Alemania: “Antisemitas del mundo, uníos. Ciudadanos de Europa, libérense”, y demanda lo que él llamó “una solución completa”, “la remoción de los judíos de entre nuestra gente”. Muy pocos fuera de su círculo de bebedores tuvieron acceso a esta propuesta, y sólo unos cuantos lo tomaron en cuenta. Para la judería europea era el principio del fin.
Llegó el fatídico año de 1939 y la amenaza hitleriana contra el judaísmo mundial se asomaba como una nube oscura sobre nuestras vidas. El Estado polaco empezó
a prepararse para la inminente guerra, con la esperanza de que los germanos no cumplieran sus amenazas de destrucción contra los hebreos en territorio nacional.
Se organizaron comités de defensa, los hogares se acondicionaron para que, ante los inminentes ataques aéreos de la aviación germana, tuviésemos la capacidad de apagar fuegos y atender heridos. Mi incorporación al ejército polaco fue denegada, precisamente por causa de mi religión.
La vida está llena de decisiones que pueden traducirse en éxitos o fracasos. Un par de días previos al inicio de hostilidades, llegó a Ciechanow un militar alemán de alto rango con un convoy de camiones de carga totalmente vacíos. Llamó a una reunión urgente a los directivos comunitarios y les expuso el peligro en que nos encontrábamos. Puso a nuestra disposición su convoy para que, sin perder un sólo minuto, lo abordáramos a fin de cruzar la frontera rusa y así salvar la vida. Después de debatir por horas la propuesta y sus posibles implicaciones, fue decisión del comité rechazar la oferta del militar arguyendo, una vez más, que el gobierno polaco estaba perfectamente capacitado para defender a sus ciudadanos. Papá estaba en dicho comité y respaldó la decisión tomada. El nazi que pudo salvar a un pueblo entero se fue con sus camiones vacíos.
La crónica nos llevara desde su juventud feliz en Polonia hasta el trágico traslado de toda su familia al entonces des-conocido pueblo de Oswiecim, en la región sur de Cracovia y nos describe los primeros días de caos así:
El nombre del poblado polaco de Oswiecim, traducido al alemán como Konzentrationslager Auschwitz, es sinónimo universal de muerte y terror. Fue el campo de concentración y exterminio más grande jamás creado por el ser humano en toda su historia, descrito después de la guerra por el Tribunal Militar Internacional de Nuremberg como una pena mayúscula por los crímenes contra la humanidad ahí cometidos, de lo cual fui testigo presencial durante los siguientes 26 meses de mi vida. Llegué prácticamente desde sus inicios y partí pocos meses antes de su clausura.
Llegamos de tarde al inmenso portón de Birkenaw mismo, que se abrió lentamente ante el paso de nuestro transporte. De alguna manera estábamos contentos de haber llegado al final del camino, confiados en la oferta original de los nazis de llevarnos a trabajar y a encontrar mejores condiciones de vida. Tan pronto se abrieron las puertas del vagón, nos dimos cuenta de la farsa con que habíamos sido engañados. A golpes, gritos e insultos empezaron a formar-nos en dos filas rechts-links (derecha-izquierda). No entendíamos por qué algunos éramos llevados hacia un lado y otros hacia otro. A mi mamá, mis tres hermanas, mi cuñada en su noveno mes de embarazo, mis sobrinos y los hermanos y hermanas de mamá los formaron a la derecha. A mis dos hermanos, mi cuñado Motek, mi primo Hershl, mis amigos Noah, Godl, Berele y a mí a la izquierda. Quien se atrevía a preguntar algo recibía un culatazo; quien reclamaba, un disparo en la cabeza. Nos explicaron que las mujeres, niños y ancianos serían transportados en camiones a alojamientos donde se les permitiría bañarse, cambiarse de ropa, recibir alimentos y pasar la noche para, a la mañana siguiente, ser asignados a su nuevo trabajo; ahí se les informaría del paradero de sus familiares. Si bien no les creía mucho que digamos, no tenía otra opción que despedirme del enorme grupo de mis familiares, 62 en total. Afortunadamente pude despedirme de mi madre con un beso, y la calmé diciéndole que no se preocupara, que al día siguiente trataría de dar con ellos. Fue la última vez que nos vimos. Días después, mi aprendizaje sobre lo que significaba “campo de exterminio” se grabó en mi mente con sangre indeleble.
Después de sobrevivir por 26 meses en la fábrica de muerte es evacuado de Auschwitz y participa en la llamada “Marcha de la Muerte”, durante la cual, al igual que miles de reos en diferentes campos de concentración polacos, fue trasladado a no menos inhumanos campos en las regiones de Alemania y Austria, su relato continúa de esta forma:
Poco a poco comprendimos lo que estaba sucediendo. En plena nevada empezó una nueva etapa de nuestra des-gracia, la que sería conocida por el mundo como “la Mar-cha de la Muerte”.
Fuertemente custodiados, dejamos los límites del campo y, contrario a otras salidas similares, caminamos por horas que parecían interminables. El frío terrible y los charcos congelados destruían nuestros de por sí lastimados pies; solamente el azúcar, que nos parecía un manjar, nos mantenía con vida.
Conforme avanzábamos, empezamos a encontrar los cadáveres de mujeres que no podían soportar las inclemencias de la marcha, y entonces éramos forzados a cavar, con nuestras manos desnudas, hoyos en el suelo congelado para enterrarlas. Al caer la noche, nos desplomábamos muertos de cansancio. Para procurarnos un trago de agua tomábamos la nieve acumulada en la tierra y la dejábamos derretir en nuestras bocas; los más afortunados encontraban tirados restos de frutillas descompuestas o uno que otro roedor, lo que se convertía en un verdadero festín. A la mañana siguiente reanudamos nuestro camino hacia quién sabe dónde. Los compañeros caían muertos como moscas, y sus cadáveres eran arrojados a la orilla de la carretera. Si alguien flaqueaba, era baleado al momento. Difícilmente nos podíamos man-tener en pie, mucho menos ayudar a nuestros compañeros de desgracia.
Por fin, la mañana del 25 de enero de 1945 surgió ante nuestros ojos una enorme fortaleza en medio de los imponentes Alpes suizos que marcaba el fin de nuestro peregrinar. Por segunda vez leía yo la inscripción Arbeit Macht Frei. Habíamos llegado al purgatorio; estábamos cruzando el portón del campo de concentración de Mauthausen en Austria, a sólo 20 kilómetros de la musical ciudad de Linz. Quince mil de nuestros hermanos de dolor murieron durante el recorrido.
Su última parada antes de la liberación en el campo de concentración de Ebensee la describe de la siguiente manera:
Después de transcurrir semanas que se convirtieron en meses, aún nos encontrábamos hacinados en el patio central de Mauthausen, donde la odisea de la muerte continuó. En esta ocasión nos subieron al viejo conocido, el vagón del ferrocarril, y el transporte nos llevó hacia Ebensee que, junto con otro de los subcampos de Mauthausen, fue reconocido como uno de los “campos de concentración más diabólicos jamás concebidos”.
El 3 de marzo del 45 los cadáveres vivientes en que nos habíamos convertido mi hermano Moisés, mi cuñado Motek y yo, junto con 20 509 hermanos de dolor que desde Auschwitz-Birkenaw habíamos sobrevivido la Marcha de la Muerte, cruzamos el portón del campo y su famosa inscripción de Arbeit Macht Frei como bienvenida. Cuarenta y nueve de los nuestros murieron en el tren y otros ciento ochenta y dos perecieron en nuestro primer día en el campo, cuando pasamos la aterradora desinfección. Enseguida, y por órdenes de un comandante de apellido Ganz, nos encerraron en una barraca sin ventilación en la cual varios más de mis compañeros sucumbieron por asfixia.
La descripción que hace de sus años en Italia, una vez liberado por las fuerzas aliadas, la llegada a su querido México y el eventual retorno al cementerio europeo donde repo-san los restos de sus padres y hermanos, culminan con el nacimiento de su “familia orgullosamente mexicana”, a la que logra educar de la misma forma que fue enseñado en su natal Polonia 86 años atrás, con amor y respeto hacia sus semejantes. Orgulloso de sus orígenes como judío polaco, feliz por sus 60 años de ser mexicano, esposo, padre, abuelo y bisabuelo, es aún un torbellino de energía que derrama ante las más variadas de las audiencias que encuentran como colofón de su vida la publicación de estas sus memorias, de las que sólo soy humilde portavoz.

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