Mi nombre es Arón Gilbert y soy, de alguna manera, sobreviviente del Holocausto. Nací en la ciudad de México en el año de 1949, cuatro años después de terminada la segunda Guerra Mundial
Mi padre, Szyja Gilbert, nació en el pueblo de Ciechanow, en Polonia, el 9 de agosto de 1920, en el seno de una familia judía tradicional de clase acomodada. Soy su orgulloso primogénito y llevo el nombre de mi abuelo, quien fuera masacrado injustamente por los nazis en 1942.
Papá es uno de los pocos sobrevivientes de su especie, y lo digo en el sentido más extenso de la palabra. Nació en una Europa antisemita, en Polonia, país que durante mil años albergó a los de su raza, pero que gustoso los entregó en bandeja de plata al enemigo para su aniquilación. Crece y celebra la culminación de su adolescencia el 1 de septiembre de 1939, con el bombardeo alemán sobre territorio polaco, convirtiéndose en testigo presencial de la infamia más grande de que se tenga memoria en los anales de la historia: el Holocausto.
Durante tres difíciles años de estancias en tres guetos distintos, sobrevive. Logra escapar de tres de las más terribles fábricas de muerte que jamás concibió el hombre, como el campo de concentración de Auschwitz-Birkenaw en Polonia, el de Mauthausen y el de Ebensee, ambos en Austria. Esta historia de terror empieza el 1 de septiembre de 1939 y termina el 5 de mayo de 1945. Peregrinó por el mundo en busca de un futuro más prometedor; cruzó los Alpes, navegó por la inmensidad del mar y voló a tierras desconocidas hasta conseguirlo, al llegar en 1947 a ese mundo nuevo, a lo que él bautizó como “el Paraíso” y es conocido por todos los demás como México.
Por años le habíamos suplicado a papá que se sentara a escribir sus memorias, pero él me contestaba muy a su estilo: “Yo soy como los antiguos juglares, soy un narrador insufrible que tiene que escuchar el sonido de su propia voz para saberse vivo. Cuando me vaya de este mundo, mis historias y mis vivencias se irán conmigo”. Después de muchos intentos de convencerlo de lo contrario, perdí la esperanza de sentarlo a escribir, sin embargo, en ningún momento he perdido la oportunidad de escucharlo hablar, lo que hace con ahínco y apasionamiento, ya sea frente a un pequeño número de jovencitos de origen judaico o bien ante grandes audiencias de universitarios laicos; igual lo hace con sus hijos al calor del hogar que con desconocidos en plena calle.
Por fin lo convencimos y aceptó escribir sus memorias, con la condición inesperada de ser él la voz que contara su odisea y yo la mano que la escribiera. Acepté gustoso, aunque con temor ante la responsabilidad que me estaba delegan-do, por lo que nos embarcamos una vez más en un viaje al pasado por el cual ya habíamos transitado muchas veces, sin imaginarme las sorpresas que esta aventura me deparaba. A partir de entonces, las horas que pasamos platicando por teléfono, las veces que fui a visitarlo a su casa para que
me narrara una vez más las historias que había escuchado en mi niñez y juventud y que tanto habían enriquecido mi vida, son momentos que atesoraré por siempre con fascinación.
Es así como nace la idea de escribir, a manera de homenaje en vida, la biografía de mi padre, y así también se inicia un largo camino por senderos desconocidos para alguien que nunca se había aventurado, ni soñaba en hacerlo, en el mundo secreto de los escritores. Papá nunca aceptó mi petición de asesoría de un escritor profesional, pero me vi obligado a desobedecerlo, como cuando era adolescente, y recurrí a la sapiencia de mi amiga y escritora Martha Zamora Pierce, a quien debo agradecer las horas que dedicó a la corrección del libro. Traté con fuerza de captar las emociones de mi viejo para transmitirlas al papel, pero temo que mis palabras no reflejen la profundidad de los hechos. Hay lagunas creadas en su memoria a lo largo de 60 años que han sido difíciles de llenar. Estudié de la mejor manera posible, me basé en sus propios escritos y, como bibliografía, volví a leer la historia de todos los lugares que fueron regados por su desventura. Traté de acomodar el desorden de los hechos con el mayor cuidado, pero descubrí que la belleza de su narrativa estriba precisamente en el desorden, por lo que eventualmente decliné en mi intento de hacer de este libro una cronología perfecta.
Si bien algunas fechas pueden ser algo inexactas, toda la historia aquí contada es real, ningún hecho es ficticio y de ninguna manera traté de crear un héroe de novela. Si acaso, dejé fuera algunos detalles altamente desgarradores que mi viejo se negó a publicar, otros, se quedaron convenientemente reposando en el olvido de sus años.
Don Salvador, como lo conocen en la calle, está a punto de cumplir 87 años, lo que lo convierte en uno de los últimos sobrevivientes de Auschwitz, Mauthausen y Ebensee, y conserva íntegra su capacidad de comunicación. Para los que han tenido la fortuna de escucharlo, recorrer estas páginas será como volver a gozar de su presencia. Los que lleguen después de su partida seguramente comprenderán la heroica labor humanitaria de este gigante de la supervivencia. Por esto he decidido que el único título que puede llevar este escrito es el de El último sobreviviente.
Hago mía la respuesta a la típica pregunta a la que mi viejo se enfrenta constantemente: ¿cómo logró sobrevivir? ¡Cuántos otros, más fuertes, más inteligentes y más ricos no pudieron hacerlo! Mi respuesta, después de escucharla tantas veces, es muy sencilla: un día a la vez, una hora y hasta un minuto a la vez.
Así comienza la historia…
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